Madre

Sus ojos ya no tenían brillo y su mirada era distante, se perdía en los ayeres que le recordaban su dolor.

Había fatiga en su alma, estaba cansada de llorar en las madrugadas e implorar sin ser escuchada.

Lo entregó todo por amor, su hambre, sus fuerzas, su vida, a cambio de nada.

No era ajena su historia a la de muchas otras, sin embargo se sentía única en la desdicha.

Un día decidió cambiar, mirar al frente y sonreírle a la vida, se quitó las cadenas que le habían llagado la confianza, emprendió el viaje a un nuevo camino.

Pero la libertad cuando es ajena, ofende a quienes permanecen atados.

La declararon culpable por la desgracia de terceros, fue agredida, insultada y perseguida.

La mataron, fue borrada de la historia, la ingratitud le mostró su peor cara.

El amor la revivió, le dio una segunda oportunidad de sentirse plena.

A sus ojos vuelve el brillo, tal vez no el mismo que en su juventud, pues los años erosionan todo a su paso.

Aunque duela no tenerle cerca y abrazarla cuando más nos haga falta, sé que si hoy mira al ayer ya no lo hace con dolor.

Sonríe, canta y vive con la misma alegría que me hacen recordarla en los días que me gana la melancolía.

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