
El viento soplaba tan fuerte aquella noche que su sonido parecía decir mi nombre, entonces escondí mi cuerpo bajo esas viejas sábanas pensando que la muerte no me vería estando cubierto. Nadie me había dicho que la muerte cuando se las trae contigo, no solo te ve bajo las sábanas, sino que se acuesta a tu lado y te canta al oído para adormecerte por siempre.
Pero mi miedo no era en vano, la flaca rondaba ya por las calles del pequeño pueblo, y quién haya dicho que la muerte es silenciosa está equivocado, pues siempre llega haciendo gala de su tétrica orquesta. Con ayuda del viento, los árboles comienzan la melodía meneando sus copas suavemente como expertos maraqueros, entonces, vocalizan los perros con su desgarrante aullido cala los huesos, hasta que el silencio se hace omnipotente para recibir el canto de aquella ave de la que no se le ve ni la sombra y se posa en el árbol más cercano a la ventana del desdichado.
-¡Pancho, Pancho! – gritaban al azotar la puerta – ¡Alba, Pancho, abran por favor! – seguían gritando.¿Qué pasa Sarah? – Salió la abuela cubriéndose el pecho con su chal.
¡Mi papá Alba, se está muriendo, ya no se mueve! – Decía angustiada doña Sarah.
La tía Sarah era hermana menor del abuelo, una mujer de mirada fría y de pocas palabras. Pero en esa ocasión el rostro expresaba algo diferente, le gritaba al mundo su desesperación.
-¿Cómo qué se está muriendo? – Preguntó el abuelo.
-Ya no habla, ha fijado la mirada en el techo y extendió los brazos, está más tieso que la rama de un árbol. – dijo la tía Sarah llorando.
Ve a verlo Pancho, tal vez solo quiere despedirse de ti para ya irse – Dijo la abuela titiritando de frío, pues la noche helaba.
-¡Ay don Tebo, don Tebo! ¿Quién diría que te nos ibas en una noche cuando tú nomás salías en el día?, no cabe duda que el tunkuluchú no se equivoca, bien se dice que cuando el ave canta, en una casa se llora – Dijo el abuelo al cerrar la puerta para irse con la tía Sarah.
Emotivo, me gusta!
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