
El abuelo solo nos llevaba a mis primas, mi hermano y a mí una o dos veces por semana al rancho; debía ser por la distracción que representábamos para aquel viejo, y cuando íbamos debíamos estar de pie a las seis de la mañana para tomar el desayuno que regularmente constaba de pan y café.
-Acerca el triciclo hijo, y le sacudes un poco el polvo mientras termino de tomar mi café – le dijo el abuelo a mi hermano.
El patio de los abuelos era tan inmenso, que si conocíamos el final era solo por aquella albarrada de grandes rocas con algunas partes ya caídas, estaba tan lleno de árboles que la luz del sol se teñía de verde al pasar por entre las ramas, y al fondo, siempre bajo el naranjo, a la espera del verano, se encontraba lo que parecía un simple triciclo, aún lo recuerdo, era azul con partes oxidadas y llantas parchadas, el asiento con el cuero ya pelado por lo viejo que estaba y una tabla incrustada que servía de asiento para los pasajeros.
-¿Ya llenaron sus botes de agua? No quiero escuchar que tienen sed –dijo el abuelo con tono autoritario y paternal –si ya está todo listo, súbanse al triciclo.
-¡El de último es un huevo podrido! –gritó mi hermano mientras emprendía la carrera.
-¡No se vale, tú siempre haces trampa! –Se quejaba mi prima la mayor.
-Sí, tú siempre haces trampa –repliqué de la misma manera.
-No sean llorones y corran –respondió mi prima la menor.
-¡Les gané, les gané! –gritaba mi hermano mientras bailaba arriba del triciclo.
-Eres un gordo muy tramposo –decía mi prima la mayor al llegar en último lugar.
-Y tú un huevo podrido –respondió mi hermano mientras hacía un gesto de burla.
-Yo no soy un huevo podrido –mientras sacaba la lengua. -¡Silencio o se quedan! –dijo el abuelo.
Y todos guardamos silencio por un rato, pero en cuanto se veían a la cara, mi hermano y mi prima la mayor no podían evitar hacer eso gestos tan graciosos como sacar la lengua. Mi hermano y mi prima la mayor eran de la misma edad, ambos de complexión robusta, de buen diente, por así decirlo. Mientras que mi prima la menor y yo compartíamos un físico muy delgado, éramos más especiales a la hora de comer, y ambos teníamos la misma edad.
Aunque el abuelo era fuerte, hacía un gran esfuerzo por llevarnos al rancho en el triciclo, pero en aquel momento no teníamos en cuenta aquello, solo nos concentrábamos en disfrutar el paseo con el viento en la cara. De vez en cuando se cruzaba un perro o alguna gallina que se le había escapado a la vecina y entre las calles veíamos a otros niños jugar, algunos alzaban la mano para saludar y nosotros respondíamos ante el gesto. Nos asombrábamos de la popularidad que tenía el abuelo, pues todos los adultos le gritaban ¡Buenos días Don Pancho!
-¡Órale abuelo, debería ser presidente! –le dije con toda ingenuidad –debería ser presidente.
Lo mejor de todo el viaje era llegar al rancho, del portón principal al establo había cien metros de distancia o tal vez más, el camino estaba lleno de caoba y cedros, adornado por grandes albarradas de rocas firmes pintadas de blanco.
-Estos árboles los sembré con mi abuelo cuando tenía ocho años, y me dijo que mis nietos o mis bisnietos iban cosechar esta madera –nos decía el abuelo mientras señalaba los majestuosos árboles.
Y es que si el paraíso es como se promete, aquel lugar era una copia exacta en la Tierra, pues la casa junto al corral descansaba bajo la sombra de aquellos inmensos árboles, que junto a otros frutales, maquilaban el aire más puro que se pudiera respirar, y a lo lejos podía verse la milpa de maíz y zacate; parecía un mar verde, que en lugar de grandes peces tenía vacas pastando. No existía más ruido que el de cuatro niños riendo y jugando a sus anchas sin temer algún peligro. Se veían las aves tejer sus nidos y se escuchaba con toda claridad su canto.
El tiempo parecía detenerse y solo el abuelo parecía descifrarlo. Solo sabíamos que la hora de jugar terminaba cuando se escuchaba de cerca el mugir de las vacas, entonces corríamos a la entrada del establo para disfrutar del desfile encabezado siempre por una a la que el abuelo llamaba la lechera, era la única que tenía una campana colgando en el cuello y cerraba el desfile el abuelo, siempre cargando unos cuantos trozos de leña para la abuela.
-Es hora de irse, ya hace hambre y el tren ya va pasar, así que todos al triciclo –dijo el abuelo.
-¡El de último es un huevo podrido! –gritó mi hermano mientras emprendía la carrera.
Y así empezaba una nueva carrera, con el mismo ganador y el mismo perdedor. De camino a casa podíamos escuchar la locomotora sonar, era medio día y el abuelo tan exacto como siempre.
Bello!
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