Media noche

Se acercaba la media noche cuando el silencio hasta ahora gobernante, fue interrumpido.


-¡Don Pancho, Don Pancho! -se escuchaban los gritos desesperados en la calle- ¡Don Pancho, se escaparon sus ganados!


-¿Qué pasa Jacinto?- contestó mi abuelo mientras abría la puerta.


-Venía del otro pueblo con mi hijo y vi a uno de tus animales en la carretera, intenté meterlo pero no pude. ¡Por puritita suerte y salí vivo de tu rancho! – exclamaba aquel viejo con una voz agitada y la mano persignando el cuerpo – ¡ya sabes, me corrieron tus guardianes!


-¡Ah chinga!- exclamó mi abuelo enojado – ¡ahorita va a entrar! Gracias, por avisarme.


-Por nada, para eso estamos, que pase buenas noches.


-Buenas noches.
-¿Qué pasa Pancho? Preguntó con preocupación mi abuela.


-Esos pinches animales han de haber roto otra vez el corral, mañana voy a reforzarlos, pero ahorita tengo que ir a meter a esa vaca.


-¡Dios mío Pancho! No puedes ir solo – decía mi abuela con esa angustia maternal.


-No pasa nada mujer.


No teníamos otra opción más que acompañar al abuelo, pues aunque era un viejo fuerte necesitaría de un poco de ayuda para regresar al animal a su lugar.
El miedo me había invadido por completo, pues nunca había rondado por el pueblo a media noche y mucho menos por sus afueras, pero la curiosidad me mantenía en pie, mientras mi hermano parecía muy emocionado por la aventura, calzamos nuestras botas y partimos en dos bicicletas, en una mi abuelo y yo y en la otra mi hermano.

-¡Dios los bendiga! – Dijo mi abuela mientras cerraba la puerta a nuestra salida.


Tomamos el atajo hacia el rancho, un camino que cortaba en un sendero angosto, rocoso y despoblado. Tal vez haya sido la misma soledad de aquel lugar que daba paso a la luna para iluminar con toda claridad nuestro camino. Sin embargo, parecíamos no estar solos, pues en la noche se revelan ecos que callan en el día.


Nos acercábamos a la carretera que conectaba con el otro pueblo cuando apareció frente a nosotros una enorme silueta de cuatro patas, largos cuernos y unos hechizantes ojos rojos, que al vernos lanzó un mugido que me heló el corazón.
-Está arisca- dijo mi abuelo mientras bajábamos de la bicicleta – no se muevan de aquí hasta que yo les diga, voy a acercarla a la orilla para que ustedes corran a abrir el portón, uno se queda esperando y otro se va abrir el corral.


Cuando el abuelo da una orden simplemente se le respeta, ni se cuestiona, ni se le rezonga. Y así lo hicimos, corrimos a su señal, la entrada al rancho estaba a doscientos metros de distancia, y la entrada al corral a otros cien.


-Yo me voy al potrero y tú te quedas esperando a abuelo – dijo mi hermano mientras emprendía la carrera al corral.

No me quedaba de otra más que mover la cabeza, pues entre el temor y el frío de la noche las piernas ya no pensaban en responder. Intenté encender la lámpara, pero fue inútil, no tenía batería suficiente. Esos minutos a solas se volvieron los más escalofriantes de mi corta infancia, pues ya no escuchaba los pasos de mi hermano ni los del abuelo, el viento soplaba mi nombre y las siluetas de los árboles se convertían en monstruos que intentaban devorarme; y es que cuando eres pequeño todo te resulta inmenso, hasta la distancia entre un minuto y otro.


Una mano en el hombro me estremeció e hizo levantarme de un solo golpe, pues había caído en un profundo sueño.

-Ya es hora de volver a casa, que mañana tenemos que arreglar el corral – dijo el abuelo mientras me tomaba en sus brazos.

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